DISCURSO DE ORDEN EN LA CEREMONIA CENTRAL POR EL DÍA DE LA MEDICINA PERUANA A CARGO DEL DR. ALFONSO MENDOZA

DISCURSO DE ORDEN EN LA CEREMONIA CENTRAL POR EL DÍA DE LA MEDICINA PERUANA A CARGO DEL DR. ALFONSO MENDOZA

DISCURSO DE ORDEN EN LA CEREMONIA CENTRAL POR EL DÍA DE LA MEDICINA PERUANA A CARGO DEL DR. ALFONSO MENDOZA

EL COLEGIO MÉDICO DEL PERÚ, LA ÉTICA Y EL LEGADO DE CARRIÓN.

Alfonso Mendoza F.

En agosto del 2003(1), en ocasión del homenaje que el Colegio Médico del Perú rindiera al Sacerdote dominico Gustavo Gutiérrez, galardonado ese mismo año con el Premio Príncipe de Asturias, y al Dr. Diego Gracia, tal vez el eticista más importante del mundo hispanoparlante, tuve el honor de dirigir unas palabras de presentación las cuales no solo no han perdido vigencia sino que parecen cobrar hoy mayor significación y relevancia. En aquel entonces decía que la segunda mitad del siglo XX había sido tal vez la etapa más difícil que haya vivido el Perú republicano, excepción hecha de la Guerra con Chile, y que durante esos años la crisis del sistema político que no pudo, o no quiso, integrar al país; y la crisis de la economía, que había mantenido en la pobreza y la marginación social a millones de personas, generaron acaso el fenómeno social más importante de las últimas décadas, el fenómeno migratorio, que transformó radicalmente el rostro del Perú y, al mismo tiempo, el fenómeno de la violencia política armada, que desgarró dolorosamente el tejido social y dejó una secuela de sufrimiento y pobreza cuyo proceso de reparación y superación apenas había comenzado, en lo que sería una larga fase de transición democrática.

Es verdad que, como escribía Borges, todos los hombres descubren que viven en épocas de crisis. En efecto, la época que nos ha tocado vivir así nos lo confirma. La historia reciente de nuestra nación ha estado signada no por una sino por muchas crisis y, si bien puede ser considerada como una de sus múltiples causas, una de las secuelas de la violencia armada que el país padeció, es el debilitamiento de las instituciones. Ellas son las instancias que norman las relaciones entre las personas, y por lo tanto deben estar en correspondencia con los valores que impulsa una cultura determinada, entendida como el conjunto de prácticas y comportamientos sociales que una sociedad crea para satisfacer las necesidades humanas de quienes la conforman. Pues bien, una de las consecuencias de este debilitamiento institucional, de esta suerte de “banalización del mal” que se enseñoreó en

nuestra sociedad durante la década de 1990, es la emergencia y el agravamiento de otras modalidades de violencia, una de cuyas formas es la intolerancia que convierte las discrepancias políticas en una suerte de guerra permanente, y la constatación de que la corrupción, que alcanzó uno de sus puntos más altos bajo el régimen de Fujimori – Montesinos, y que pensábamos no se repetiría más, sigue erosionando las bases de la moral republicana y de nuestra economía, trabando así las posibilidades de desarrollo del país. Para el historiador Quiroz, A.(2), los ciclos de corrupción que ha experimentado el Perú desde 1820 hasta el año 2000, habrían significado la pérdida del 40 al 50% de sus posibilidades de desarrollo, y estamos hablando de montos equivalentes a un estimado promedio del 3 al 4% del PBI, y entre un 30 al 40% de los gastos del presupuesto.

Pero, la violencia, como la corrupción – esa otra vertiente de la transgresión normativa -, se da no solo en nuestra sociedad. Hoy muchos países, desgraciadamente, se debaten entre la corrupción y la violencia, sumidos en una suerte de anomia en la que la desvalorización de lo humano y la exaltación del éxito a cualquier costo, expresión de un individualismo radical, amenazan permanentemente la cohesión de la sociedad y las posibilidades de realización individual y colectiva. En ese contexto, debilitados los grandes relatos filosóficos que le daban significación y sentido a la existencia humana, las personas parecen inmersas en el desconcierto, que atraviesa todas las capas sociales y todas las instituciones.

Frente a esa dura realidad, y como expresión del compromiso social inherente a la profesión médica, el Colegio Médico del Perú, fiel a una antigua y honrosa tradición, no puede dejar de hacer llegar sus planteamientos en la tarea de construir un orden social auténticamente democrático. Y debe hacerlo, como parte de la sociedad civil, junto a otros Colegios Profesionales y a todas aquellas entidades médicas que comparten la misión de cuidar la vida y la salud de la población, sea en el plano formativo sea en el plano asistencial. Un estado moderno es aquel que reconoce el papel protagónico que le corresponde a los distintos actores sociales que lo componen en el proceso de toma de decisiones que tienen que ver con el proyecto de nación que ellos desean. Si no fuera así se pervertiría la esencia misma de la democracia, y ya hemos experimentado las consecuencias negativas de ceder a la tentación autoritaria, por lo que deviene un imperativo moral no olvidar las lecciones de nuestra historia.

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Miraflores, octubre de 2018

COLEGIO MÉDICO DEL PERÚ