CAYETANO EN MI RECUERDO

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Autor: Julio Alberto Piscoya Arbañil

Una noche de agosto, la tierra fértil de Catacaos
y el abrigo de sus hospitalarias y calientes arenas
con un latido de humildad; al mundo le vieron llegar
como hijo anónimo, en la inmensidad del tiempo
José Cayetano Heredia Sánchez, acababa de nacer.

En la pueblerina pila bautismal
pobreza y desamparo fueron sus padrinos,
a decir de Paz Soldán,
su infancia fue tiempo de carencias,
rudimentos de educación entre la casa familiar
y la parroquia de su pueblo al andar.

Aun así nace en el niño la pasión por el estudio,
admiración de la naturaleza con emoción
materializándose en él su impulso mágico
llega a Lima de la mano de un sacerdote de sotana marrón.
Matemática, Gramática, Doctrina cristiana y Latín
son los primeros alimentos de su sólido saber
que pasea por San Francisco su palacio conventual.

Tempranamente nace en él una férrea vocación,
llega a San Fernando a los quince años
para ser médico con ascetismo sacerdotal,
con su trabajo día a día; pagó su educación
vocación de servicio, hambre de saber
delirio de su ser.

Por entonces los galenos transitaban
leyendo El Mercurio Peruano y la Gaceta Médica de Lima,
agosto de 1,826, Heredia se titula de médico,
a inicios de la república
el ancla de la escolástica y el desinterés creciente,
la  decadencia institucional de la Universidad,
crece su interés por la docencia médica
Reglamento para la naciente Facultad de Medicina.

Hábil anatomista, excelente cirujano
mi recordado primer decano
hizo valer su nombre cosechando fama y fortuna
que invirtió en sus discípulos para darles educación.

Los clásicos, Hipócrates y sus pacientes
fueron baluartes de su línea formativa
herediana y educativa filosofía vital.

Rosas, Ulloa, Pro, Benavides y Segura,
discípulos que a Europa fueron
y al venir multiplicaron saberes
de su “padre Heredia” agradecidos.

Cayetano Heredia, en mi recuerdo perduras,
al pie de Carrión y Unanue
eres parte del sólido trípode que sostiene
el altar mayor de la Medicina Piurana y Peruana.

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